Juicios

Los Juicios

Introducción

El supuesto de que el lenguaje describe la realidad nos hace comúnmente considerar la aseveración “Juan es Ingeniero de computación” como del mismo tipo que “Juan es un brillante arquitecto de software”. En efecto, se ven muy parecidas. Desde el punto de vista de su estructura formal ambas atribuyen propiedades a Juan, ambas parecen estar describiendo a Juan.

La única diferencia parece ser una de contenido: las propiedades de las que hablan son diferentes. En un caso, hablamos acerca de la propiedad de ser “un Ingeniero de computación” y en la otra, de ser “un brillante arquitecto de software”.

Lo mismo sucede cuando hablamos de las demás personas. Frecuentemente tratamos las aseveraciones “Isabel es una ciudadana venezolana” e “Isabel es profesional muy competente” como equivalentes. Seguimos suponiendo que ambas proposiciones hablan de las propiedades o cualidades de Isabel y que, por lo tanto, la describen.

No desconocemos que desde el punto de vista de su contenido hacemos normalmente una distinción. Solemos decir que la primera remite a lo que llamamos “hechos”, mientras que la segunda implica un “juicio de valor”. Reconocemos así, que la segunda representa una opinión y que, en materia de opiniones, a diferencia de lo que sucede con los hechos, no cabe esperar el mismo grado de acuerdos.

Esta diferencia en el contenido, sin embargo, no es lo suficientemente profunda como para diferenciar de manera radical la forma como tratamos hechos, valores u opiniones.
En nuestra tradición en el uso del lenguaje hemos tratado estos enunciados de manera similar.

Hemos considerado la aseveración “Juan mide un metro y ochenta centímetros” como equivalente a “Juan es buena persona”. Por lo tanto, hemos investigado qué es bueno (o qué es justo, sabio, bello, verdadero, etcétera) de la misma forma en que podríamos investigar qué significa medir un metro y ochenta centímetros y, por lo tanto, suponiendo que cuando hablamos de valores estamos haciendo referencia a una medida objetiva, independiente de quien habla. Muchas de nuestras concepciones acerca del bien y el mal, acerca de la justicia, sabiduría, belleza y verdad, etcétera, están basadas precisamente en el supuesto de que podemos tratarlas en forma “objetiva”, con independencia del observador que hace esa aseveración.

Es importante destacar qu éste no es un asunto trivial. Él impacta totalmente nuestra vida cotidiana y está presente en todos los dominios de nuestra vida, en nuestras relaciones personales, en el trabajo, en la forma en que estructuramos y escuchamos al resto de las personas, etcétera. Comúnmente no separamos del todo frases como “Carolina ocupa el cargo de Gerente General” de “Carolina no es competente para dirigir reuniones”, o “Carlos se atrasó veinte minutos en la reunión del martes” de “Carlos es un irresponsable”, o “David tiene un Laptop de ultima generación” de “David es arrogante”.

Planteamos la necesidad una distinción entre estos dos actos lingüísticos. Sostenemos que estas aseveraciones, independientemente de sus similitudes formales, implican dos acciones diferentes.

Se trata de dos actos lingüísticos diferentes

Sobre las afirmaciones

Si examinamos las aseveraciones mencionadas anteriormente, reconoceremos que todas aquellas que hemos puesto en primer lugar “Juan es una ingeniero de computación”, “Isabel es una ciudadana venezolana”, “Carolina ocupa el cargo de Gerente General”, “Carlos se atrasó veinte minutos en la reunión del martes”, “David tiene una Laptop Dell de última generación” constituyen afirmaciones.

Y tal como lo planteáramos previamente, las afirmaciones son aquellos actos lingüísticos en los que describimos la manera como observamos las cosas. El lenguaje de las afirmaciones es un lenguaje que describe el mundo ya existente. El lenguaje de las afirmaciones es el lenguaje que utilizamos para hablar acerca de lo que sucede: es lenguaje de los fenómenos o de los hechos que observamos en el mundo.

Como sabemos, las afirmaciones pueden ser verdaderas o falsas. Las afirmaciones son, por lo tanto, aquellos actos lingüísticos mediante los cuales nos comprometemos a proporcionar evidencia de lo que estamos diciendo, si ésta se nos solicita. Nos comprometemos que, si alguien estuvo en ese lugar en ese momento, tal persona podrá teóricamente corroborar lo que estamos diciendo. Es lo que llamamos un testigo. Si decimos “El producto le fue despachado el viernes pasado” y se nos pregunta “¿Por qué dice usted eso?” no podemos responder “Porque yo lo digo”. Cuando hacemos una afirmación, se espera que podamos proporcionar evidencia de que lo que decimos es verdadero.

La distinción de Juicios

Si miramos las frases utilizadas corno ejemplos, comprobamos que todas los que están en segundo lugar pertenecen a un tipo de acción muy diferente de las afirmaciones. Aquí el compromiso del orador no es proporcionar evidencia. La formulación de este tipo de enunciados no implica que cualquiera que hubiese estado allí en ese momento coincida necesariamente con nosotros. Aquí aceptamos que se puede discrepar de lo que estamos diciendo.

Volvamos a los ejemplos anteriores. Cada una de las aseveraciones “Juan es un brillante arquitecto de software”, “Isabel es una profesional muy competente”, “Juan es buena gente”, “Carolina no es competente para dirigir reuniones”, “Carlos es irresponsable” y “David es arrogante” pueden ser legítimamente impugnadas. Hay espacio para que alguien diga “Yo considero que José es el arquitecto de software mas brillante” o “Isabel es sólo una profesional promedio” o “Creo que Juan es verdaderamente muy despreciable”, etcétera. Por lo tanto, el compromiso social que contraemos al hacer esas aseveraciones es muy diferente del contraído en las afirmaciones.

A estas segundas aseveraciones las llamamos juicios y los juicios pertenecen a la clase de actos lingüísticos básicos que hemos llamado declaraciones. Como sabemos, las declaraciones son muy diferentes de las afirmaciones. Ellas generan mundos nuevos. A diferencia de lo que sucede con las afirmaciones, cuando hacemos una declaración, las palabras guían y el mundo las sigue.

Los juicios son como veredictos, tal como sucede con las declaraciones. Con ellos creamos una realidad nueva, una realidad que sólo existe en el lenguaje. Si no tuviéramos lenguaje, la realidad creada por los juicios no existiría. Los juicios son otro ejemplo importante de la capacidad generativa del lenguaje. No describen algo que existiera ya antes de ser formulados. No apuntan hacia cualidades, propiedades, atributos, etcétera, de algún sujeto u objeto determinado. La realidad que generan reside totalmente en la interpretación que proveen. Ellos son enteramente lingüísticos.

Cuando decimos, por ejemplo, “Esta reunión es aburrida”, ¿dónde habita lo “aburrido”? Comparemos estos dos enunciados: “Alejandra es perseverante” y “Alejandra tiene el pelo castaño”. ¿Podríamos decir que la perseverancia es algo que pertenece a Alejandra de la misma forma que le pertenece el pelo castaño? Lo que una afirmación dice acerca de alguien es diferente a lo que dice un juicio.

El juicio siempre vive en la persona que lo formula. Si una comunidad ha otorgado autoridad a alguien para emitir un juicio, éste puede ser considerado como un juicio válido para esa comunidad. Sin embargo, aun cuando suceda eso, aun si hemos otorgado autoridad a alguien, siempre podemos tener una opinión diferente. Podemos inclinarnos ante el juicio de esa persona. Podemos, incluso, decidir dejar a un lado nuestro propio juicio por razones prácticas. Pero, de todos modos, va a existir. Los juicios no nos atan como las afirmaciones- siempre hay un lugar para la discrepancia.

Los juicios son declaraciones, pero no toda declaración es necesariamente un juicio. Muchas declaraciones son formuladas exclusivamente en virtud de la autoridad que conferimos a otros (o a nosotros mismos) para hacerlas. Aun cuando la gente nos explique por qué hizo tales declaraciones (y aun cuando ciertas etapas esperadas las precedan) lo que las hace válidas no son las razones esgrimidas ni los procedimientos existentes. Más bien, lo que las hace válidas es la autoridad que se ha conferido a quien las hace. En muchos casos, cuando se nos pregunta por qué hemos hecho tales o cuales declaraciones, podríamos decir, sencillamente, “Porque sí y porque tengo el poder para hacerlas”.

Podemos dar distintos ejemplos de esta clase de declaraciones: cuando un ejecutivo contrata a alguien en su empresa; cuando decide rediseñar un producto; cuando el juez dicta sentencia, cuando un árbitro cobra una infracción, etcétera. En todos estos casos, lo que importe es el poder que se tiene para hacerlas. En última instancia, ellos hacen estas declaraciones porque tienen el poder para ello y lo ejercen.

Tal como lo reconociéramos previamente, cuando hacemos una declaración nos comprometemos a su validez. Esto significa que sostenemos tener la autoridad para hacer esa declaración. Las declaraciones, como sabemos, pueden ser válidas o inválidas, de acuerdo al poder que tenga la persona para hacerlas. Cuando declaramos algo, nos estamos comprometiendo, implícitamente, a tener la autoridad para hacerlo. El compromiso social que involucra una declaración es, por lo tanto, muy diferente del que involucra una afirmación. Esto es precisamente lo que las distingue como actos lingüísticos diferentes.

Los juicios, como hemos dicho, un tipo particular de declaración. Como en las declaraciones, su eficacia social reside en la autoridad que tengamos para hacerlo. Esta autoridad se muestra más claramente cuando ha sido otorgada formalmente a alguien, como sucede con un juez, un árbitro, un profesor, un gerente, etcétera. Muy a menudo, sin embargo, se otorga esta autoridad sin mediar un acto formal. Los niños lo hacen con sus padres. No existe un acto formal mediante el cual ellos les otorguen la autoridad que éstos ejercen sobre ellos.

La gente, sin embargo, está continuamente emitiendo juicios, aun cuando no se les ha a otorgado autoridad. Cuando comunican sus opiniones a otros, los que las escuchan siempre pueden descartarlas, basándose en el hecho de que no han otorgado la autoridad para aceptar esos juicios como válidos.

Los juicios requieren, sin embargo, un compromiso social adicional, que no es necesario para todas las declaraciones. El compromiso es que los juicios estén “fundados” en una cierta tradición. Por consiguiente, los juicios no son solamente válidos o inválidos, dependiendo de la autoridad otorgada a la persona que los hace; también son “fundados” o “infundados” de acuerdo a la forma en que se relacionan con una determinada tradición, es decir, a la forma como se relacionan con el pasado.

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