Distinción de Inquietud

Introducción

Una forma de entender lo que llamamos inquietud es haciendo la pregunta, ¿por qué hacemos lo que hacemos? o ¿por qué decimos lo que decimos y no otra cosa? Las respuestas que demos a esas preguntas, en la medida que se sitúen en el terreno de lo que la psicología llamaría “motivaciones”, corresponden a lo que se apunta con la distinción de inquietud.

Obsérvese que no usamos los términos “motivaciones”, “propósitos” o “intenciones” que son los que habitualmente se utilizan a este respecto. Decimos que los seres humanos al actuar, nos estamos “haciendo cargo” de algo.

La existencia Humana

Como apuntara el filósofo Martín Heidegger, la existencia humana resulta, para los seres humanos, un asunto del que requieren “hacerse cargo” y, por lo tanto, al que tienen que “atender”, por que no pueden dejar de hacerlo.

Los seres humanos no podemos descansar, como sucede con otros seres vivos, en el total fluir de la vida y la total inocencia de la existencia, no. A nosotros, los seres humanos, la existencia siempre significa un desafío y, para mantenerla, debemos a menudo tomar posición con respecto a ella y, en razón de ello, nos vemos muchas veces en la situación de modificar el curso espontáneo de los acontecimientos.

Esto último lo hacemos mediante la acción. Por lo tanto, concebimos la acción humana de una forma muy distinta a como concebimos la acción de otros seres vivos. La acción humana se distingue de la acción de los otros seres vivos por que “se hacer cargo de su existencia” cada vez que actúa.

Esta condición de dual de la existencia, es propia de los seres humanos, es interpretada por la tradición cristiana como una expresión de la perdida de la inocencia que surgió como el castigo de Dios frente al “pecado original”.

Al decir del discurso histórico cristiano los seres humanos pagamos el atrevimiento de haber querido participar en el proceso de creación. Ello está simbolizado en haber cedido a la tentación de comer del árbol del bien y del mal, el árbol de los valores y, en último término, aquel que alimenta el sentido de la vida. Al haber comido del árbol del bien y del mal, los seres humanos perdimos la inocencia y eso define la particularidad de nuestra existencia.

Los seres humanos requerimos darle constantemente sentido a nuestra vida, como condición de nuestra existencia. Esta pareciera ser la otra cara del poder que tenemos de participar en el proceso de nuestra propia creación.

Cuando no somos capaces de darle sentido a la vida, dado que somos seres actuantes, tenemos también la la opción de terminar con ella. El suicidio, como nos señalara Albert Camus, pareciera ser un fenómeno típicamente humano.

La distinción de inquietud

La distinción de inquietud surge, en consecuencia, respondiendo a esta necesidad de señalar de qué se hace cargo una determinada acción o, como dijéramos anteriormente, de la respuesta a la pregunta ¿por qué hacemos lo que hacemos?

La distinción de inquietud presupone, por lo tanto, que existe un algo que nos lleva a actuar, a intervenir en el curso de los acontecimientos y a no dejarlos fluir de manera espontánea.

Ella expresa el supuesto de una cierta insatisfacción, de una determinada preocupación (todo lo cual llamamos “inquietud”), que nos incita a actuar, a “ocuparnos” en el hacer.
Con la distinción de inquietud, en consecuencia, se está postulando que las acciones no se justifican por sí mismas, sino en cuanto se hacen cargo de algo. El sentido de la acción humana obliga a trascender el propio dominio de la acción y a buscar raíces existenciales más profundas.

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